Nacional

¿10 años de guerra?

Por diciembre 14, 2016 Sin comentarios

 E L 11 de diciembre de 2006 inició la “Operación Conjunta Michoacán”, con esos ejercicios propios de una narrativa bélica, Felipe Calderón declaró la guerra contra el narcotráfico. La acción de ataque en territorio propio (algo así como disparar al propio pie) fue coordinada por la Secretaría de Gobernación, Defensa, Marina, la Procuraduría General de la República y el Gobierno del estado de Michoacán. ¿En qué escenario estamos 10 años después de este operativo?

Entre las múltiples formas de inhibir las consecuencias del tráfico de drogas, se optó por la vía que más daño genera a la sociedad: la armada. Sin un debate previo y amplio, se descartó la posibilidad de la regulación mediante la legalización, no se optó por programas integrales de desmovilización de adolescentes y jóvenes que son carne de cañón. Pareciera que simplemente se eligió la guerra interna.

Quizá el elemento más cuestionable de esta supuesta guerra es lo limitado de su estrategia. Si el propósito era abatir el mercado ilegal, se fracasó. Si se justificaba con el objetivo de detener las muertes de civiles, se fracasó. Si se pensaba en parar el creciente número de desapariciones forzadas, se fracasó. Error grave sería pensar que vivimos en una guerra inútil, el contexto de guerra siempre genera ganadores en el ámbito económico. Sin embargo, las definiciones clásicas de guerra nos dirían que eso no alcanza para afirmar que un país está en guerra o que tenemos un conflicto de baja intensidad.

Para el caso mexicano resulta muy adecuado el análisis que Mary Kaldor (2001) realiza sobre las nuevas guerras. Kaldor, profesora en London School of Economics and Political Science, afirma que en las últimas décadas se ha desarrollado un tipo de violencia organizada relacionada con la globalización. Utiliza la expresión de “nuevas” para distinguirlas de las guerras entre Estados-Nación; reafirma el concepto de “guerras” para resaltar las motivaciones políticas de estas expresiones armadas.

Un elemento básico en estas “nuevas guerras” es el hecho que en ellas es difícil diferenciar los tipos de violencia armada. Es complicado definir si un país está en una guerra política, o si parte de su territorio es controlado por el crimen organizado con fines económicos, o si atraviesa una etapa de violaciones sistemáticas de derechos humanos por participación u omisión del Estado. Estos tres elementos con influencia del mercado global. En la última década, la historia de la violencia en México, cumple con estas características.

La transformación del actual escenario en México, necesariamente pasa por el hecho de reconocer el estado las cosas. Al hecho de aceptar o rechazar un estado de guerra, le siguen las posibles rutas para buscar la terminación del conflicto armado. Es necesario que se le exija al Estado una postura clara. ¿Está en guerra? ¿Contra quién? ¿Cuál es la estrategia a largo plazo? ¿Cómo asume las violaciones a los derechos humanos?

A la guerra “por sus frutos la conocerán”. Mientras damos el debate sobre si estamos en guerra o no, hay un signo que está “brotando” de la tierra: las víctimas. En Coahuila, el Grupo Vida, colectivo de familiares de personas en desaparición forzada, ha encontrado, hasta hora, más de 5 mil restos humanos en una pequeña comunidad ejidal. En Veracruz, el Colectivo Solecito, también de madres de personas desaparecidas, encontró 105 fosas clandestinas en un solo predio. Si hay o no guerra, puede ser cuestión de enfoques e intereses; lo innegable son los asesinados en los últimos 10 años y la consecuente descomposición social.