Nacional

Alimentan a sus corazones rotos

Por marzo 28, 2017 Sin comentarios

En Sonora, el Instituto Nacional de Migración (INM) trabaja en coordinación con organizaciones civiles que ayudan a los migrantes con servicios como alojamiento, comida y ropa. Entre esas organizaciones está Iniciativa Kino, AC, que tiene un comedor para migrantes en el que Joanna Williams, directora de Educación e Incidencia en Estados Unidos, ha dedicado ocho años de su vida a defender los derechos de migrantes en aquel país.

“Me encargo de crear conciencia en los jóvenes de preparatorias, universidades y parroquias para que escuchen las historias de los migrantes y, en un momento dado decidan tomar acciones en apoyo a este sector”, cuenta mientras ayuda a servir el desayuno para el grupo de migrantes recién deportados al comedor.

“Con las nuevas políticas el interés por acercarse a ellos ha incrementado, la gente escucha en medios las historias de los migrantes y quieren enterarse por ellos mismos; se acercan para escucharlos de propia voz y conocer realmente qué es lo que está sucediendo”, explica.

Orgullosamente, la joven de 26 años cuenta que algunos grupos de estadounidenses que se han acercado a la organización han acudido con sus representantes parlamentarios y apoyado en sus comunidades para ayudar a crear leyes que defiendan los derechos de los migrantes.

El comedor es dirigido por el padre jesuita Samuel Lozano de los Santos, quien también es el director de Programas México de Iniciativa Kino. Él destacó la importancia del papel de Joanna para que la gente conozca la realidad de los migrantes repatriados y en tránsito.

“Muchos de ellos llegan en shock, los que tenían allá viviendo 30 o 40 años, quienes se fueron desde niños, que no tienen documentos nacionales; [se sienten así] porque les cambia la vida de un día para otro.

“Cuando los estadounidenses ven esta situación, estas historias de padres de familia que dejaron a sus hijos, se solidarizan y empiezan a platicarlo en sus comunidades, hacen donaciones o cruzan cada semana para ayudar”, reconoció Williams.

A pesar de estas acciones de apoyo, la directora del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), Alexandra Haas Paciuc, ha advertido que México aún no tiene una política integral de repatriación que ayude a los connacionales a regresar al país en condiciones de menor vulnerabilidad.

“No se deberían abordar las problemáticas por institución, sino de manera integral y después de que cada quien vea cuál es su tarea. El apoyo del Poder Judicial es importantísimo tanto para la defensa de los derechos de los mexicanos en Estados Unidos, como para cuando llegan aquí”, afirma.

‘No pude alcanzar el sueño americano’

“Vayan en grupo porque los puede levantar la policía o el crimen organizado, tengan mucho cuidado”, les dicen a los repatriados provenientes de la garita del Instituto Nacional de Migración (INM) en Nogales, Sonora.

Esta recomendación se escucha en el comedor para migrantes de Iniciativa Kino, AC, dirigido por el padre Samuel Lozano de los Santos, director de Programas México de la asociación binacional, que se dedica a ayudar migrantes mexicanos y centroamericanos en el país y en Estados Unidos.

“No se acerquen al muro porque hay vigilancia y su vida corre riesgo”, los alertan los voluntarios del comedor.

Entre los migrantes que arribaron está Ricardo, de 47 años, quien luego de 10 días perdido en el desierto fue rescatado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) y, posteriormente, deportado.

El oriundo de Nayarit fue encontrado por las autoridades vomitando sangre. “Para venir vendí mi motor y mi panga [lancha], me dieron 18 mil pesos y con eso pagué mil de los 3 mil dólares que me iban a cobrar”, cuenta con temor y bajo reserva.

En el lugar sólo pudo comer un poco de sopa de verduras y algo de pollo. Dice que sentía que todo le ardía en el estómago, pero tenía mucha hambre.

Llevaba cuatro días caminando en el desierto con el grupo de seis migrantes mexicanos y el pollero que lo iba a cruzar a Estados Unidos, cuando un helicóptero de la Patrulla Fronteriza los avistó, entonces tuvieron que huir para esconderse.

“Todo mundo corrió y de ahí no supe, en el desierto pronto se pierde la gente. Cualquier movimiento que tú hagas, si ves un arbusto, no sabes si es arbusto o es gente. Al quinto día me quedé sin alimentos y sin agua”, recuerda.

En Nayarit dejó a su esposa y tres hijos de 22, 16 y 11 años. En Estados Unidos tenía planeado ver a sus tíos, quienes le ayudarían a conseguir trabajo en el campo.

“Quiero irme a Tijuana, una amiga me invitó a que trabaje con ella vendiendo dulces y artesanías. No he hablado con mi familia”, dice. Por momentos el relato es entrecortado, sus ojos están húmedos de tristeza por la ausencia de los suyos. “No quiero hablar con ellos porque como padre no tengo ánimo de contarles mi historia de fracaso”, indica.

“No quiero regresar a Estados Unidos, estoy triste porque no tuve la suerte que otros tienen de lograr su sueño de estar allá, me siento mal y, al final, soy afortunado porque nací acá, nada más que uno ve que a otros les va bien y eso quiere, ¿verdad? Ambiciona más de lo que tiene”, comenta.

Cuando llegó a Arizona, encontró las primeras casas, donde tuvo que tomar agua de los bebederos de las vacas.

Cree que las autoridades de migración lo descubrieron porque alguno de los pobladores seguramente lo reportó.

Eso pudo ser la diferencia entre la vida y la muerte, luego de su detención, lo hospitalizaron y atendieron por deshidratación y le dieron medicamentos para el dolor y el vómito que presentaba.

“Quiero ver a mi familia, pero no ahorita hasta que junte dinero para regresar porque está feo volver con las manos vacías y las ilusiones caídas, ¿verdad?”, lamenta.

“Mi misión era juntar dinero para comprarme otra vez mi motor y mi panguita, una más grande para salir al mar, no es que le haga falta a uno qué comer ni qué vestir, simplemente los deseos aumentan porque quieres tener un carro, o quieres poner tus abarrotitos, ¿qué sé yo?”, comenta Ricardo.

Indica a un voluntario su talla de pantalón, 34, y su talla de playera, mediana, se siente a esperar su turno en el baño del comedor para probarse la ropa que le ofrecen como una donación.

Afirma, con expresión triste y la cabeza baja, que está bien, que esto sólo es una mala experiencia, no por maldad de la gente sino porque “así son las leyes”.

“A veces entre ustedes mismos hay quienes nada más vienen escuchando para dar aviso al crimen organizado y entregarlos”, les dicen como última recomendación en el INM.