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En ‘La Villita’ luchan por el sueño americano

Por febrero 28, 2017 Sin comentarios

Es temprano y hace frío. En “La Villita” -corazón de la comunidad mexicana asentada en esta ciudad- se ha acentuado un cúmulo de sentimientos marcados por el miedo, la frustración, la decepción y por la zozobra de un futuro mejor.

Este barrio que corre a lo largo de la Calle 26 está lleno de México. Igual hay fachadas con imágenes de la Virgen de Guadalupe, Cuauhtémoc, Jesús Malverde, Pedro Infante, Benito Juárez y Emiliano Zapata; incluso las calles llevan los nombres de Vicente Fernández o Los Tigres del Norte; pero la gente apenas alza la mirada.

Temprano los mexicanos que viven en “La Villita” salen a trabajar por todo Chicago, lo hacen en la construcción, en hoteles, en restaurantes. Sienten algo de alivio por saberse en una “ciudad santuario”, pero aceptan que no hay garantías.

Apenas, narran los vecinos de “La Villita”, la semana pasada un numeroso grupo de agentes de migración del gobierno de Estados Unidos entró a la tienda-carnicería “Aguascalientes” y emprendieron una redada, se llevaron a quienes pudieron.

Aquí la gente aprende a vivir con miedo y la incertidumbre, piensan que es el fin de su estilo de vida pero también que las nuevas generaciones, las que nacieron y han crecido en Estados Unidos, no permitirán que se lleven a los más viejos.

Cuando el sol comienza a calentar la Calle 26, los mexicanos salen a trabajar. Hay negocios que han preferido cerrar por las bajas ventas del último mes. Los locatarios dicen que han bajado entre 40 % y 60 % y que el envío de remesas a México ha caído en 20 %.

Al caminar por la West 26 Street el frío de la mañana se siente más intenso, los mexicanos abren sus negocios sabiendo que apenas saldrá para comer. A cada paso que se da hay historias de vida, de lucha por un mejor futuro, un futuro que hoy les quieren arrebatar.

Leobardo Hernández es originario de San Luis Potosí, tiene 20 años como ilegal en Chicago. Es dueño de la tienda “Cinco Estrellas”, a unos pasos del arco que da la bienvenida a “La Villita”. Vende camisas de futbol y banderas.

Frente al negocio, Leobardo tiene una camioneta donde ondean banderas de México y de los equipos profesionales del futbol mexicano, presume la de Chivas, pero en frente tiene la del América y el Toluca.

Sentado en el mostrador suelta: “Desde que ganó Trump bajaron mis ventas en 50 %, la gente está espantada por lo mismo de las redadas. La gente guarda su dinerito por si pasa algo y si tienen que regresar a México pues tener con qué llegar”.

Dice que hay un sentimiento de injusticia por ser catalogados como criminales cuando en verdad son trabajadores.

Cruzando la calle está Alejandro Medina, lleva 17 años viviendo en Chicago, lo acompaña Iván Guzmán con sus 25 años radicando en el barrio, son de Neza. No tienen trabajo y advierten que será más difícil conseguirlo tras el inicio del gobierno de Trump.

Alejandro usa pantalón de mezclilla, chamarra de cuero, sudadera con capucha y una gorra de beisbol. “Está mal, todo lo que dice Trump está mal porque viene siendo puro racismo, a mucha gente le está perjudicando”.

“Me da miedo porque me pongo a pensar, me llega a agarrar inmigración así como estoy y cómo voy a dar así a México, voy a llegar peor que cuando me vine, hoy aquí vivimos como se puede. La gente tiene miedo y no sale, ha dejado de salir”. Iván, con esposa e hijos en México, interviene en la plática:

“Ahí estaba migración cazando a la raza, ya dijeron que muchos se van por miedo, ya muchos se fueron, yo llevo 25 años y no alcancé a arreglar mis papeles, dan ganas de ir a México, pero para ir otra vez para atrás, uno se vino para sobrevivir por un dinero y va a regresar peor, a ver qué pasa”, dice con incertidumbre.

En una tienda de ropa está Rosa Hernández, nacida en la Ciudad de México y con 30 años viviendo en Chicago. Se le ve el desánimo pero habla con firmeza y seguridad sobre su futuro. “Muy mal lo que dice [Trump], necesita buscar en Dios porque lo que habla son cosas que no están bien, nosotros estamos aquí para trabajar, no estamos haciéndole un mal a nadie”.

“Yo no tengo miedo a nadie porque Dios es todo para mí, no hay que tener miedo a Trump por lo que dice”, señala.

Pero la mira Juanita Brito, quien hace 13 años viajó a Chicago como indocumentada, es bajita y de piel morena, nacida en Pasta de Castrejón, Guerrero. “Desde que entró el presidente [Trump] está todo muy mal, ya nadie quiere comprar nada, mire, está solo aquí”, le dice al visitante.

Acepta: “Sí, la verdad sentimos un poco de miedo, porque las personas hablan de que va a venir la migra, el negocio ya se bajó totalmente, 40 %, la gente no quiere comprar, quiere irse a México para que no lo agarre la migra cuando menos y tenga su dinerito ahorrado. No es justo lo que pasa”.

Israel Robles es un hombre originario de Zacatecas, lleva 35 años viviendo en Chicago, es dueño de una peluquería que atiende con sus hijos y da empleo a migrantes de todas partes. El local parece más un salón de baile, pues la música grupera se oye a todo volumen.

Con una ID en el bolsillo, su cuenta en el banco y papeles migratorios -no necesariamente oficiales- sostiene que a él no lo deportarán.

El presidente Trump “es una basura porque no está haciendo las cosas como los otros presidentes que tenían que hacer las cosas bien, se está pasando de la raya, por eso se revocan todas las órdenes que hace y por eso muchos de nosotros no lo queremos”, resalta el entrevistado.

“La gente tiene miedo porque está diciendo que la migra nos va a llevar, que nos va a deportar, pero no es cierto, porque [Trump] es un mentiroso”.

Saca de la bolsa de su camisa una carta que le entregó el servicio de migración en la que lo identifica como ciudadano. Luego presume una identificación que, asegura, es ciudadano. “Si llega migración traigo esta carta y mi ID, me defenderé”, comenta.

Lorena Ruiz nació en Jalisco y la mitad de su vida ha radicado en Chicago. “Ha bajado como 20 % el nivel de envíos, la gente se siente insegura por lo que está pasando”, señala.

A media Calle 26, Guillermo Jaimes -originario de Palmar Chico, Estado de México- colocó un lazo para colgar sombreros de palma que fabrica. Los da a 5 dólares. Tiene 55 años y apenas dos como residente. “Yo no tengo miedo”, dice.

En “La Villita” los mexicanos no se dan por vencidos y luchan por alcanzar sus sueños.

‘No sé qué hacer, pero lucharé’

Mariana Zapata es bajita, usa traje sastre negro con blusa blanca, el cabello sujeto con una coleta y lleva lentes. Nació en Tlalnepantla en 1995 y, apoyada por el gobierno de Barack Obama, se convirtió en dreamer. Hoy quiere especializarse en la Escuela de Leyes, no sabe si lo logrará.

Hace dos meses regresó de México, estuvo una temporada con la intención de medir la posibilidad de volver a sus orígenes e iniciar una nueva vida, una nueva vida para ella y su madre, pero “está difícil”, son sueldos bajos y pocas oportunidades de desarrollo, menos cuando se ha estudiado leyes en otro país, pese a hablar inglés y español.

Es licenciada en Justicia por la Northeastern Illinois University, de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde trabaja como secretaria legal para un bufete de defensa penal en el barrio de Pilsen. Quiere ir a la escuela de leyes para especializarse y ser “abogada” con todo lo que implica esta figura en la Unión Americana.

Pero esta mexiquense mira con el pasar de los días cómo poco a poco su sueño comienza a desmoronarse. No sabe si el DACA y su calidad de “dreamer” se mantendrán con las políticas antiinmigrantes anunciadas por el presidente Donald Trump.

Hoy busca apoyo por todas partes para defender su derecho a seguir viviendo en un país al que llegó cuando apenas tenía 10 años. Acepta que ha decidido creer en los políticos mexicanos, pero que “me han roto el corazón. Estamos con incertidumbre y siento que no soy de ningún lado, ni de México ni de Estados Unidos. No sé qué hacer, pero seguimos luchando”, dice.

Se enteró que el lunes pasado Andrés Manuel López Obrador, presidente de Morena, estaría en la escuela comunitaria Benito Juárez, en el barrio de Pilsen. Fue a verlo, levantó la mano y le preguntó qué haría para que los “dreamers” que quisieran regresar a México a hacer vida lo hicieran con salarios justos.

El tabasqueño le dio una respuesta de casi cinco minutos: le dijo que hay una corrupción “voraz”, le habló de que le habían robado dos veces la Presidencia de la República, que no había una austeridad republicana, entre gritos de los asistentes la pregunta de Mariana quedó en el olvido.

Dice que en cambio el gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, ayuda a la comunidad mexicana de Chicago, a los jóvenes, con recursos para que mantengan su DACA, para convertirse en ciudadanos de EU.

“De López Obrador todavía tengo fe, porque sé de las cosas que ha hecho por la comunidad pobre en México, pero no respondió mi pregunta y eso me rompió el corazón”, dice.

Mariana se apresura. Tiene que alcanzar el autobús número 9 para llegar a casa y mañana, muy temprano, seguir con su sueño y buscar ser abogada para ayudar a los suyos, para salir adelante. A pesar de todo. A pesar del temor que los agobia.

‘Estados Unidos nos da oportunidades’

En la esquina de Blue Island y la 21 Oeste hay un pequeño restaurante mexicano. Tiene apenas seis mesas, pero cada día crece un poco más. Ahí Mercedes Cruz y Jesús Ortiz hacen su vida, ya no trabajan para nadie, sólo para ellos. Son felices… pero ven un horizonte incierto.

Doña Meche y don “Chuy”, son muy jóvenes apenas rozan los 40 años. Ella de Tlaxcala y él de Zacatecas, se conocieron en Chicago. Él llegó ayudado por un ‘pollero’ hace 20 años, ella venía con una visa a una actividad religiosa y, sin un peso en la bolsa, decidió quedarse a trabajar.

A su preocupación de pagar puntual la renta del local, de atender a sus cuatro hijas y una nieta, y de las bajas ventas en el “Sabor y Sazón” por el miedo a la migra, se suma la posibilidad de ser expulsados de Estados Unidos y perder lo que han construido.

“Esta es una ciudad santuario, pero en cualquier momento puede cambiar todo, en cualquier momento podemos perder todo, perder nuestra vida”, dice Mercedes, quien la vida se le va en sonrisas y bromas, en decir que está dispuesta a luchar.

“Chuy” está en la plancha, prepara “huaraches de asada” mientras saluda con su puño chocando el puño de la visita, como si fuera un viejo conocido. “Aquí no pasa nada mientras respetes la ley. Nosotros respetamos la ley, pagamos impuestos, tenemos permisos. No es justo que quieran echarnos”, lamenta.

Sus cuatro hijas -Giovanna, Leslie, Isabel y Evelyn- son ciudadanas estadounidenses por nacimiento. “No queremos que rompan a la familia. No vamos a permitir que rompan nuestra familia, aquí seguiremos luchando, trabajando, por una mejor vida”, afirma Jesús.

Amaneció nublado, casi no hay clientes por ser el Día de los Presidentes. Normalmente la taquería se llena de estudiantes de Pilsen, quienes acuden a la preparatoria Benito Juárez. Llevan taquitos, burritos, sopes y huaraches, y se los comen en un parque en el que hay estatuas de Zapata, Morelos, Hidalgo, Guerrero, La Corregidora, Obregón y Carranza.

En una esquina tienen colocados los permisos que otorga el gobierno de la ciudad de Chicago para que operen y ahí mismo dos certificados de cocineros: uno de Jesús y otro de Mercedes, son sus licencias, “Certified FoodService Manager”, expedido por el Departamento de Salud de aquella ciudad estadounidense.

Pagan impuestos puntualmente, pero saben que por su carácter de migrantes indocumentados no pueden solicitar ninguna devolución, así que entregan una cantidad fija.

Hasta hace cuatro años trabajaban en restaurantes cocinando y atendiendo a la clientela. Decidieron independizarse y lo han logrado; llevan cuatro años. A media tarde reciben pedidos por teléfono que entrega una empresa de reparto de alimentos.

La familia Ortiz Cruz trabaja arduamente, desde que amanece hasta que oscurece. Cuando concluyen su trabajo en el negocio empiezan con las labores domésticas y atendiendo a “las niñas”: Una ya terminó la universidad, otra que tiene una bebé, está por terminar la preparatoria, y mientras, las dos más pequeñas aún cursan la educación básica.

La música popular mexicana inunda el restaurante “Sabor y Sazón”. El ambiente queda inmerso por notas de una canción: “La gallina siempre está cacaraqueando, pone el huevo y luego está cacaraqueando”, de Fito Olivares, luego sigue Rigo Rovar, La Sonora Matancera, aquí escuchan cumbias de la década de los 80.

Mercedes camina de las mesas a la cocina y de ahí a la caja registradora. “Llevó casi 20 años aquí, hemos estado luchando, trabajando y tratando de estar al día con nuestros impuestos y no meternos en problemas para que sepan que sí se puede trabajar”.

Esta mujer recuerda que se vino en 1995 a Chicago, “buscando un poco del sueño americano… mis hijas ya están graduadas de la universidad, la otra de la preparatoria”. Subraya: “Los mexicanos somos personas de bien y aquí no hacemos otra cosa que cumplir los antojos de la comida mexicana”.

Un poco despeinada, puesto que ha trabajado todo el día, Mercedes usa pantalón negro y un delantal sucio. Acepta: “Me cuesta hablar de justicia, pero que vengamos a trabajar con todo para que digan que somos maleantes y traficantes, algunos tal vez, pero no por unos pocos debemos pagar todos.

“Se siente el temor de lo que pueda pasar. Nos sentimos un poco tranquilos en Chicago porque es una ciudad santuario, la policía no está muy conectada con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), así que se debe cometer un delito grave para que lo remitan a migración, pero mientras uno trabaje normal se preocupa uno menos, pero ahora no podemos salir más seguido a otros lugares”.

Mientras se escucha una canción de Rigo Tovar, suena el teléfono y le piden una torta de carne asada con el pan “bien doradito”, una quesadilla grande, “nada más con queso”. En total son 17.93 dólares.

Jesús dice: “Sin sacrificio no se logra nada, hemos perseverado y lo hemos logrado. Estamos de pie y no nos podemos quejar. Este país da muchas oportunidades y debemos aprovecharlas”.

Doña Meche y don Chuy siguen trabajando, confían en que las cosas mejorarán y que “Sabor y Sazón” saldrá adelante, que sobrevivirá a Trump y al miedo de la deportación.